Tenida Fúnebre Noviembre

 

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte,
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

(Jorge Manrique, Coplas por la muerte de su padre)

 

           Noviembre. El viejo incipit de Samhain y de Tosantos. El mes en el que Tartessos, comulgando con sus ancestros, celebra con una Tenida Fúnebre la pervivencia en nuestra memoria de aquéllos y aquéllas que, iniciados en los misterios masónicos, ya no decoran nuestras Columnas.

           Murieron. Partieron -decimos- al Oriente Eterno. ¿Un Cielo, un Valhalla, un Paraíso inmediatamente olvidado o perdido? Más simple, incluso: es nuestra Memoria, individual y colectiva, el Oriente Eterno, el puerto al que arriba "la nave que nunca ha de tornar". En el día del último viaje Nuestras Hermanas y Hermanos, que partieron ligeros de equipaje, casi desnudos "como los hijos de la mar", perviven en el recuerdo de la Orden. Han desaparecido pero viven entre nosotros.

Y, así, los festejamos como Kavafis a sus esforzados y heroicos espartanos:

¡Honor a aquéllos que, en sus vidas,
custodian y defienden las Termópilas!

La calavera, emblema del pensamiento puro, y el anti color negro, nos mueven a gemir pero también a esperar.