Humanismo laico

Los francmasones y francmasonas del Gran Oriente de Francia vivimos un humanismo laico, que reposa en el principio de la libertad absoluta de conciencia.

Libertad de espíritu: emancipación respecto de todos los dogmas: derecho a creer o no creer en Dios; autonomía del pensamiento frente a las limitaciones religiosas, políticas, económicas; liberación de los modos de vida en relación con los tabúes, ideas dominantes e ideas dogmáticas.

El laicismo intenta liberar al niño y al adulto de todo lo que aliena o pervierte el pensamiento, especialmente las creencias atávicas, los prejuicios, las ideas preconcebidas, los dogmas, las ideologías opresoras, las presiones de orden cultural, económico, social, político o religioso.

El laicismo trata de desarrollar en el ser humano, en el cuadro de una formación intelectual, moral y cívica permanente, el espíritu crítico así como el sentido de la solidaridad y de la fraternidad.

La libertad de expresión es el corolario de la libertad absoluta de conciencia. Es el derecho y la posibilidad material de decir, escribir y difundir el pensamiento individual y colectivo. Las nuevas técnicas de comunicación hacen que esta exigencia sea cada vez más vital. Y en este campo de la información y de la comunicación más que en otros, ha de extremarse la vigilancia frente a los enormes medios de manipulación y perversión del pensamiento.

La moral laica que resulta de aquí es simple. Reposa en los principios de tolerancia mutua y de respeto a los otros y a sí mismo. El bien es todo lo que libera, lo que abre; el mal, todo lo que esclaviza y degrada. El laicismo trata, en este contexto, de proporcionar al hombre los medios para adquirir total lucidez y plena responsabilidad sobre sus pensamientos y actos.

Fundada sobre las necesidades de la vida en sociedad y la promoción de la libertad individual, el laicismo es esencial para la construcción de la armonía social y para reforzar el civismo democrático. Tiende a instaurar, por encima de las diferencias ideológicas, comunitarias o nacionales, una sociedad humana favorable al desarrollo de todos, sociedad de la que serán excluidos toda explotación o condicionamiento del hombre por el hombre, todo espíritu de fanatismo, de odio o de violencia.

Ciertamente, la tolerancia es la consecuencia lógica de los valores precedentes, sin los cuáles la armonía social está en peligro. Pero la tolerancia sólo tiene sentido si es mutua, y tendrá siempre como límites la intolerancia, el rechazo del otro, el racismo y el totalitarismo.

El rechazo del racismo y de la segregación bajo todas sus formas es inseparable del

ideal laico. La sociedad nueva que queremos no puede ser la simple yuxtaposición de comunidades que a lo mejor se ignoran, a lo peor se exterminan. Ninguna sociedad de paz puede construirse sobre la separación definitiva de grupos culturales, lingüísticos, religiosos, sexistas u otros. Es demasiado fácil el paso de separación a segregación, a rivalidades y conflictos. Y esto incluso si la separación es presentada como necesidad vital de desarrollo.

El ideal laico no puede, en ningún caso, acomodarse a la idea de “desarrollo por separado”, con frecuencia practicado en sociedades de tipo anglosajón. El principio mismo de “discriminación positiva” no sabría constituir en sí mismo una solución para la liberación de un grupo. El único medio de desarrollo social es la integración, diferente a la asimilación, la participación de todos en una colectividad de ciudadanos libres e iguales en derechos y deberes. Los únicos grupos sociales aceptables descansan en la elección, la libre pertenencia y la apertura.

La ética laica conduce, en fin, inevitablemente a la justicia social: igualdad de derechos e igualdad de oportunidades. Educación laica, escuela, derecho a la información, aprendizaje de la crítica son las condiciones para esta igualdad.